Chichén Itzá comenzó a poblarse hacia el siglo VI d. C., junto a dos grandes cenotes, pozos naturales abiertos en la roca caliza que garantizaban el abastecimiento de agua en una región árida. Las construcciones más antiguas, al sur de la plaza principal, siguen el estilo Puuc e incluyen el conjunto de Las Monjas, La Iglesia, el Akab Dzib y el Chichan Chob, erigidos entre los siglos VI y X.
A partir del siglo X, la ciudad incorporó elementos del centro de México asociados a la tradición tolteca, una fusión que, para la UNESCO, convierte a Chichén Itzá en el vestigio arqueológico más importante de la civilización maya-tolteca en Yucatán. De ese periodo datan El Castillo —dedicado a Kukulcán—, el Templo de los Guerreros, el Grupo de las Mil Columnas y el Gran Juego de Pelota.
Según la UNESCO, no hay registro de grandes construcciones después del siglo XIII, y la ciudad entró en un rápido declive a partir de 1440, aproximadamente. Cuando llegaron los españoles, en el siglo XVI, los grandes centros mayas, incluida Chichén Itzá, estaban en gran parte abandonados, aunque el lugar siguió siendo sagrado para los mayas.
Las excavaciones comenzaron en el siglo XIX, y en 1904 el estadounidense Edward H. Thompson inició el dragado del Cenote Sagrado. Protegida por la ley federal mexicana de monumentos de 1972 y declarada monumento arqueológico por decreto presidencial en 1986, Chichén Itzá fue inscrita en la Lista del Patrimonio Mundial en 1988 y, en 2007, anunciada en Lisboa como una de las Nuevas Siete Maravillas del Mundo.
La arquitectura de Chichén Itzá dialoga con el cielo. Cada una de las cuatro escalinatas de El Castillo tiene 91 escalones; junto con el escalón de la plataforma superior, suman 365, el número de días del año solar. En los días cercanos a los equinoccios, siete triángulos de luz y sombra se proyectan sobre la alfarda de la escalinata norte y, unidos a la cabeza de serpiente esculpida en la base, sugieren el descenso de Kukulcán.
Para el INAH, el fenómeno revela el alto nivel de conocimiento astronómico y arquitectónico de los mayas, un saber asociado también a El Caracol, el observatorio circular cuya escalera de caracol le dio su nombre. El agua tenía una dimensión sagrada: el Cenote Sagrado recibía ofrendas al dios de la lluvia, Chaac, y el dragado iniciado en 1904 sacó a la luz esqueletos y objetos sacrificiales.
En el Gran Juego de Pelota, seis relieves esculpidos a lo largo de los muros parecen representar a los vencedores del juego, y la acústica permite oír un susurro a unos 46 metros. La tradición sigue viva: el equinoccio de primavera de 2025 reunió a 32 872 personas, según el INAH. Y, para la UNESCO, Yucatán es el único estado mexicano en el que dos instituciones —el INAH y el Patronato CULTUR— participan en la gestión de los sitios arqueológicos.